EL DEBATE: Innovación sin ciencia

 

Por Javier Echeverría

Ikerbasque, Departamento de Sociología 2. Universidad del País Vasco, España.


En muchos países del mundo se impulsan políticas de innovación, normalmente vinculadas a las de ciencia y tecnología. Es una herencia del modelo lineal, sintetizado en las siglas I+D+i (investigación, desarrollo e innovación). Un ejemplo reciente es España, donde hace dos años se creó un Ministerio de Ciencia e Innovación (MICINN) que no parece ir muy bien, emparedado entre un Ministerio de Industria que determina las políticas tecnológicas a través del CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial) y un Ministerio de Educación que acaba de recuperar la responsabilidad en el diseño y gestión de las políticas universitarias, que durante casi un año estuvieron a cargo del MICINN. La ciencia es importante para la industria, pero muchas actividades industriales no están basadas en conocimiento científico, sino en otras modalidades de conocimiento. La enseñanza de la ciencia también es importante, pero la cultura innovadora requiere de otras habilidades y destrezas, algunas de ellas basadas en las artes, las humanidades y las ciencias sociales, que han sido las hermanas pobres de las políticas científicas.

 

Los sistemas de innovación (locales, regionales, nacionales) son más complejos y abigarrados que los sistemas de I+D. No hay innovación sin conocimiento, pero hay conocimientos no científicos que generan importantes innovaciones, en particular innovaciones sociales y culturales. Como bien sabe la CEPAL de la ONU y su programa de innovación social, que tiene gran éxito en América Latina, las fuentes de la innovación social y cultural son muy diversas y muy pocas provienen de los laboratorios científicos. Sólo una parte ínfima de la innovación social está basada en conocimiento científico. Es cierto que la ciencia ha generado mucho desarrollo tecnológico e importantes innovaciones. Sin embargo, ni toda la tecnología proviene de la ciencia ni tampoco todas las innovaciones. Otras modalidades de conocimiento también son fuentes de innovación, por ejemplo las artes (Picasso, Almodóvar), las humanidades (J. Rowling y su Harry Potter), la música (los Beatles) y, last but not the least, los conocimientos generados por los pueblos indígenas. América Latina no es la vanguardia en la innovación tecnológica basada en conocimiento científico, pero aventaja a otras muchas regiones del mundo en la innovación oculta de la que habla el NESTA británico. Dicha institución contrapone la innovación basada en conocimiento científico a la hidden innovation (innovación oculta) que no suele ser contabilizada por el Manual de Oslo ni por el de Bogotá, pero que sin embargo existe, y sigue creciendo. Lo notable es que el Gobierno británico ha hecho suyas estas tesis, incorporándolas como una aportación estratégica relevante al Libro Blanco sobre la innovación en el Reino Unido, el informe Nation Innovation (2008).

 

Bien está que los científicos hagan descubrimientos que den lugar a desarrollos tecnológicos, y que éstos, a su vez, generen innovaciones en los mercados donde compiten las empresas. Ahora bien, hay otras muchas modalidades de innovación que no están basadas en conocimiento científico, sino en otras formas de conocimiento. En las emergentes sociedades del conocimiento también han surgido clases sociales. La aristocracia del conocimiento la conforman los científicos y los ingenieros. Sin embargo, buena parte de la innovación no surge de los productores de conocimiento, sino de sus usuarios y distribuidores (von Hippel). Además de la I+D+i, hay otras formas de innovar, acaso las más frecuentes, que surgen directamente de lo que cabe denominar la sociedad civil del conocimiento. En Gran Bretaña distinguen el sector público, el sector privado y lo que allí denominan el tercer sector, compuesto por organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales, ecologistas, cooperativistas, comunidades solidarias e incluso algunas variantes del emprendizaje social tan publicitado en los últimos años. Conviene expandir esta distinción, que surge de las sociedades industriales, a las sociedades iberoamericanas de la información y el conocimiento. Habría entonces tres sectores del conocimiento: el público, el privado y un tercer sector complejo y variopinto, la sociedad civil, que también genera innovaciones relevantes.

 

Los estudios de innovación deberían contabilizar las propuestas y resultados que provienen de ese tercer sector, tradicionalmente silenciado en los estudios de I+D. Las políticas de innovación difieren en muchos aspectos de las políticas de I+D, debido a que la "i" minúscula de la I+D+i es mucho más extensa y diversa que la que surge de la investigación científica. Esta última no es más que la punta del iceberg de los sistemas de innovación. Debajo de ella hay mucha innovación sin ciencia, que también hay que detectar, analizar y promover. El espacio iberoamericano del conocimiento tiene una faceta científica, pero también facetas artísticas, culturales y populares. Si las políticas de innovación se centraran únicamente en la innovación que surge de la ciencia no serían científicas, porque dejarían de lado la mayor parte de los procesos reales de innovación, muchos de los cuales se producen en los microcosmos y los mesocosmos, no sólo en los macrocosmos.

 

 

REVISTA CTS

VOL. 9 - Nº 27

 

NÚMEROS

ANTERIORES

 

 

REVISTA CTS

también está en:

 

 

 

 

SELECCIÓN 2012:

Edición especial