EL DEBATE: Contra la I+D+i

 

Por Lucas Luchilo

Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior REDES, Argentina.

 

Creo que la primera vez que la vi fue en la web de Madri+d. O en alguna otra página oficial española, en los tiempos de José María Aznar. Seguro. No tengo dudas de que la sigla nació, creció y prosperó en la parte española de la península. La busqué en inglés y en francés, pero por ahora solamente tiene una presencia marginal, a menudo como traducción de algún documento español. Los baluartes de la precisión conceptual –o de la ortodoxia terminológica– todavía resisten.

 

Desde España pasó a nuestro continente. No puedo decir cuándo. Pero empecé a encontrarla en las páginas internas de algún documento del ministerio de ciencia y tecnología argentino, más tarde en los títulos, y no pasó mucho tiempo hasta que adquirió respetabilidad burocrática en nombres de programas, en discursos oficiales y en la retórica de los expertos –sobre todo de aquellos expertos en seguir modas terminológicas–.

 

La expresión parece haber cumplido el destino de las siglas exitosas. En un ámbito tan burocratizado como el de la gestión de la investigación, el impulso de las administraciones garantiza el éxito. Pero además, la sigla sugiere –con el grado de vaguedad que una expresión exitosa requiere– una serie de relaciones y valoraciones funcionales para el modo de entender la política científica en nuestros países.

 

La he visto escrita de diferentes maneras, pero hay una que es la que me molesta más. Combina las mayúsculas de Investigación y de Desarrollo, con una minúscula para la de innovación. Con un detalle: la minúscula es en cursiva. Una I y una D robustas y una i subordinada pero con un toque de distinción. ¿Qué sugiere la sigla, especialmente en esta particular presentación?

 

A mi juicio, sugiere tres ideas diferentes, que en la concepción dominante en el establishment de la política científica argentina –y probablemente de otros países iberoamericanos– son complementarias:

 

• La primera es que la i depende de la I+D: la minúscula y la colocación al final parecen confirmarlo. Esta idea es la que está en la base del modelo lineal de innovación, suponiendo que este modelo efectivamente haya existido y que su contenido teórico tenga una correspondencia razonable con su uso no especializado. En otras palabras, en esta idea se asume que la I+D es la determinante de la i.

 

• La segunda es que la I+D tendría que conducir a la i. Si así no fuera, ¿para qué juntar las letras? El modelo lineal puede proporcionar una representación adecuada de los procesos de innovación o puede no hacerlo. En todo caso, se trata de una cuestión de relación entre el modelo y las evidencias. Pero en esta segunda idea, el foco se desplaza totalmente hacia el plano normativo. Dicho de otro modo, la legitimidad de la I+D depende de su papel en relación a la i. Si la I+D conduce a una patente, un contrato, una asistencia técnica, más generalmente a algún resultado tangible y, en lo posible, valorizable económicamente, se justifica sin más trámite. Caso contrario, la legitimidad de la investigación queda bajo sospecha o, el menos, disminuida. (1)

 

• La tercera idea es que la i que vale es la que ha sido precedida por la I+D. El uso de la cursiva –en mi tal vez exagerada interpretación– sugiere que no estamos hablando de cualquier innovación, sino de una particularmente glamorosa. No de la innovación que ocurre en olorosas curtiembres o en talleres textiles hacinados, sino de la que es llevada a cabo por mujeres con guardapolvos blancos en inmaculados laboratorios o por hombres jóvenes, cuidadosamente desaliñados y con anteojos de diseño, frente a varios monitores, en amables y amplias salas con frutas y chocolates. Empresas de base tecnológica, suelen llamarlas.

 

La sigla me molesta, entonces, porque no estoy de acuerdo con estas ideas y, en muchos casos, con las aproximaciones concretas a los problemas y las prescripciones de política que de ellas se derivan. Por ahora me limito a consignar mis desacuerdos con las ideas reseñadas previamente.

 

• Sobre la primera de las ideas, se trata, como señalé previamente, de una hipótesis que puede ser criticada, discutida o defendida, al menos en una versión atenuada o específica. (2) En su versión tosca –que, creo, es la habitual– no es adecuada para entender las relaciones entre investigación e innovación.

 

• En el caso de la segunda, el recurso a la innovación como justificación excluyente del apoyo a la investigación tiene algunas consecuencias negativas. Por ejemplo, puede instaurar una jerarquía de temas y problemas muy sesgada. La apelación a la innovación –más precisamente, de los impactos esperados de tal o cual investigación sobre la innovación– puede funcionar, además, como una suerte de llamado a la simulación: ¿quién completaría un formulario de investigación diciendo “en principio, este proyecto no tendría ningún impacto apreciable”?

 

• Sobre la tercera, si se adopta una perspectiva utilitaria, la innovación que vale es la que conduce a los resultados esperados por la empresa que innova, provenga o no de actividades de I+D. En otras palabras, las fuentes de la innovación son secundarias: I+D, compra de equipos, copia, contratación de consultoría, incorporación de personal especializado, valen en relación con su aporte a las necesidades de la empresa. No está de más recordar la definición de innovación acuñada en el Manual de Oslo, en el que se señala que “una innovación es la introducción de un producto (bien o servicio) o de un proceso, nuevo o significativamente mejorado, o la introducción de un método de comercialización o de organización nuevo aplicado a las prácticas de negocio, a la organización del trabajo o a las relaciones externas”. (3) Como puede apreciarse, la definición no hace referencia a la investigación. El manual contiene una serie de elaboradas referencias acerca de los vínculos entre investigación e innovación, pero en ningún caso establece una jerarquía entre las diferentes fuentes de las innovaciones.

 

En síntesis, la sigla y lo que creo que son sus connotaciones principales no son una buena guía para la reflexión ni para la acción, tanto para la investigación como, sobre todo, para la innovación.

 

 

________________________________

 

Referencias bibliográficas

 

(1) Carlos Martínez Alonso y Javier López Facal presentan un claro argumento contra el utilitarismo inmediato en la justificación del apoyo público a la ciencia en “La investigación, subordinada al mercado”, El País, 24/8/2011. Disponible aquí

(2) Una persuasiva argumentación sobre este punto es proporcionada por Balconi, M., Brusoni, S., y Orsenigo, L. (2010): “In defence of the linear model: An essay”, Research Policy, vol. 39, pp. 1–13.

(3) OCDE/EUROSTAT (2007): Manual de Oslo - Guía para la recogida e interpretación de datos sobre innovación. Tercera edición, Madrid, TRAGSA.

 

 

Publicado el 24 de febrero de 2015