EL DEBATE: Euforia divulgadora y banalización de la ciencia

 

Por Héctor A. Palma

Docente investigador de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina. Doctor y profesor en filosofía, magíster en ciencia, tecnología y sociedad. 

 

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Los dioses del Olimpo habían condenado a Sísifo a hacer rodar una piedra hasta la cima de una montaña y, sobre todo, a saber que irremediablemente la piedra volvería a caer hasta la base. Una tarea interminable, comenzar y recomenzar hasta la eternidad, pero una tarea a la que no podía renunciar.

 

Así imagino, exagerando un poco quizá, el papel de la comunicación pública de la ciencia y la tecnología (CPCT) en la sociedad contemporánea. Y es así porque adolece de un problema fundacional: es una tarea imposible si lo que se intenta es transmitir contenidos de la ciencia a un público no iniciado. La ciencia es, cada vez más, un asunto de especialistas. El camino para subsanar el problema de la intraducibilidad del lenguaje de la ciencia a un lenguaje lego (que de eso se trata) fue diseñar estrategias comunicativas, didácticas e incluso escenográficas y teatrales a través de un lenguaje accesible. La calidad y el grado de éxito de estos modos de hacer CPCT han sido, obviamente, sumamente variados. Una deformación posible de esta estrategia radica en que con el afán de “acercar” la ciencia al gran público se caiga en una banalización de la misma, y esto será el objeto de este brevísimo artículo.

 

Pienso que, en paralelo con la tarea de “ilustrar” sobre el estado actual de las ciencias y las tecnologías, la CPCT tendría como objetivo principal instalar en la población la conciencia de los dilemas y los conflictos que la propia actividad científico-tecnológica genera. Un aspecto no menor de este objetivo es el análisis de las políticas científicas que (y en esto parece haber un gran consenso) resultan necesarias, aunque no suficientes, para el desarrollo económico y la calidad de vida de la población. Desde hace ya algún tiempo, la CPCT va creciendo cualitativa y cuantitativamente en todo el mundo En el caso particular de la Argentina, por ejemplo, el actual contexto sociopolítico ha definido un marco propicio para su desarrollo, dado que al importante aumento presupuestario para la educación en todos sus niveles, y para el sistema científico en su conjunto, se le debe sumar la implementación –aunque más no sea de forma parcial y no exenta de dificultades- de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. De hecho hay un canal de televisión dedicado exclusivamente a la CPCT.

 

Estos tres elementos (el crecimiento del área, el reconocimiento y apoyo a la ciencia y la tecnología, la multiplicación de canales de comunicación) generan condiciones de posibilidad para que la CPCT cumpla con el papel social y político que se autoadjudica. (1) Sin embargo, hasta ahora, y de manera paradójica, esta conjunción propicia de situaciones, más allá de algunos logros y productos realmente buenos –algunos extranjeros, otros nacionales-, ha instalado serie de latiguillos de moda que repetidos una y otra vez como si fuesen únicos y excepcionales enunciados, conducen a la parálisis de la reflexión y devuelven, más bien, una imagen banal de la ciencia. Veamos.

 

La ciencia está en todos lados

 

Se insiste con mucha frecuencia, probablemente con el objetivo de mostrar la importancia de la ciencia y de justificar la propia actividad divulgadora, que “la ciencia está en todos lados”. Esta idea fundamenta, por ejemplo, programas de TV en los cuales se explica por qué un huevo flota (o se hunde) o por qué las verduras cambian de color, bajo el supuesto de que la ciencia está también en la cocina. Hace un tiempo se publicó un artículo periodístico en el que se afirmaba que la “muerte es científica” porque la desaparición de seres vivos a través de la muerte forma parte del entramado evolutivo y del equilibrio natural; por eso “los individuos deben desaparecer para hacer lugar”. (2)

 

Pues bien, la expresión “la ciencia está en todos lados” es falsa y burda. Que uno tenga teorías para explicar eventos que pasan en la cocina (o donde sea) no implica de ningún modo que la ciencia esté allí en la cocina (o donde sea). Que se tenga cierta comprensión sobre cómo funciona la biología, y sobre la forma en que se establecen ciertos equilibrios transitorios en el mundo viviente, no implica que en la muerte haya algo de científico.

 

Nuestra comprensión del mundo no se identifica con el mundo. Confundir realidad y ciencia le regala a los cursos de epistemología uno de los ejemplos más burdos de realismo ingenuo que se pueda imaginar. La ciencia aparece cuando y donde hay científicos que la hacen, no hay ciencia en todos lados.

 

Cabe consignar que otra posible interpretación de la afirmación “la ciencia está en todos lados” sería aún más grave. Si se quiere decir que la ciencia tiene explicaciones (y soluciones) para todo, entonces estamos no sólo ante una afirmación falsa, sino ideológicamente perversa y ya superada. Ni los más caricaturescos positivistas imaginaron las cosas en este extremo.

 

Científicos grotescos

 

Probablemente con el razonable afán de desacartonar o romper con la imagen solemne de la ciencia, se cae en otros extremos igualmente burdos. Pensar que una serie televisiva como The Big Bang Theory puede decirnos algo relevante sobre la ciencia, como algunos divulgadores han señalado no hace mucho, es realmente un despropósito. Esos personajes, que repiten estereotipos que pueden estar en algún lugar del imaginario social acerca de la ciencia, terminan siendo ridículos, y ello puede resultar eficaz e interesante como objeto teatral pero de ninguna manera muestra lo que son los científicos (como si hubiera además, un “ser” de los científicos). Pero esto no sería más que una consideración exagerada del mencionado programa de TV si no fuera porque, además, un grupo de divulgadores argentinos ha armado una parodia similar, nada menos que en la revista que la línea aérea de bandera, Aerolíneas Argentinas, reparte en sus vuelos, revista que miles de pasajeros tienen en sus manos. La foto de tapa los muestra en una actitud festiva y ridícula, como un grupo de estudiantes secundarios en su primera borrachera. Si el objetivo era mostrar que los científicos son gente común no se ha logrado: ni los científicos ni la gente común son así. Lo peor, no obstante, no está en la foto de tapa, sino en el artículo, donde cada uno se propone como un símil o paralelo de cada uno de los personajes de la serie, mostrando una actitud de vasallaje intelectual e ideológico. (3)

 

La ciencia es divertida

 

Otro rasgo de la banalización, y que resulta una muestra inequívoca de la adopción de la lógica del espectáculo en la CPCT, es la afirmación de que “la ciencia es divertida”. Hasta los funcionarios repiten esta afirmación. Y no se trata de denunciar algunas desventuras y penurias coyunturales que los científicos han soportado en cuanto a sus condiciones de trabajo (y que, al menos en el caso de la Argentina, en los últimos tiempos se han revertido en muy buena medida), sino que en su condición más básica y esencial la ciencia puede ser muchas cosas antes que “divertida”.

 

Veamos este ejemplo, realmente increíble:

 

"En Hiroshima la cantidad de masa convertida en energía es de menos de un gramo (0,7 gramos para ser precisos), pero al ser la velocidad de la luz tan enorme, la energía liberad a es equivalente a unas 16 mil toneladas de TNT. El meteorito entró a velocidades enormes, 18 kilómetros por segundo. Enorme pero unas quince mil veces más chicas que la luz. Pero a su vez era mucho más pesado, 7 mil toneladas. Si no te mareaste con los números y sos intrépido, compará el cociente entre masas y de velocidades al cuadrado y vas a ver que te da alrededor de 20. No me digas que no es divertido" (SIC). (4)

 

Resulta difícil encontrar algo divertido en Hiroshima y la bomba de 1945.

 

La ciencia y los niños

 

Otro aspecto de la banalización de la ciencia surge de la idea de que los niños nacen científicos, que pueden hacer ciencia, o que la ciencia puede estar al alcance de los niños. Obviamente no estoy criticando la enseñanza de ciencia a los niños, ni siquiera esos divertidos pasatiempos y exposiciones sobre algún proceso sorprendente (y sobre el cual hay una explicación científica disponible). Pero la ciencia es el resultado institucional, intelectual y político de haber transitado largos y complejos caminos de formación, aprendizaje y trabajo, y se realiza a través de circuitos y rituales institucionales complejos. La ciencia es cosa de grandes. Si la idea surge de la analogía de comparar la curiosidad de los niños con la curiosidad de los científicos, es superficial y trivial.

 

Apoyar la ciencia como se está haciendo está muy bien. Comunicar la ciencia también está muy bien, si se lo hace con cuidado, sin argumentos falaces, con respeto por el interlocutor, con objetivos más serios y no como un mero espectáculo.

 

 

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Referencias bibliográficas

 

(1) Ya he discutido este problema con relación al periodismo científico en Palma, H. (2012): Infidelidad genética y hormigas corruptas. Una crítica al periodismo científico, Buenos Aires, Editorial Teseo.

(2) Golombek, D. (2013): “La muerte, esa científica”, Buenos Aires, La Nación (30/6/2013).

(3) Rey, E., Bacarat, A. y Levy, L.: “El Big Bang argentino”, Cielos Argentinos, Año 4, Nº 51, junio 2013, pp. 56-66.

(4) Disponible en: http://blogs.tn.com.ar/desmitificador?s=Hiroshima. Consulta: 27 de noviembre de 2013.

(5) Disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=qItH9QL1RXE. Consulta: 27 de noviembre de 2013.

 

 

Publicado el 7 de mayo de 2014