EL DEBATE: La educación media y la ciencia: crónica de una catástrofe

 

Por Pablo M. Jacovkis

Profesor de las Facultades de Ciencias Exactas y Naturales e Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.

 

Para resumirlo de una forma sintética, por lo menos en el caso argentino, la enseñanza de las ciencias en la escuela media es una catástrofe. En general es difícil conseguir equipamiento de laboratorio (y computadoras) y muchas veces, cuando profesores o directores esforzados y con inquietudes logran que se adquieran, son robados y nunca más repuestos. Es casi imposible enseñar ciencia en un colegio secundario sin laboratorios, con profesores cada vez menos motivados y con alumnos desinteresados. Como mezquino consuelo podemos decir que la situación también es crítica en las otras áreas de incumbencia de la educación secundaria, o sea el problema es más concretamente una crisis global y total de la enseñanza en la escuela media. Los alumnos que ingresan a la universidad en muchos casos fracasan o se demoran muchísimo por el esfuerzo inmenso que les requiere acomodarse a una manera de pensar y encarar los problemas a la cual no están acostumbrados. En última instancia, el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires cumple el papel de cubrir la distancia entre lo que sabe y lo que debería saber un estudiante secundario que llega a la universidad, y muchísimos estudiantes tardan bastante más que el año previsto para terminarlo con éxito, sin contar con los que no lo terminan nunca.

 

En la República Argentina, esta crisis se debe a varios factores, entre los cuales cabe mencionar en primer término la espantosa reforma de la enseñanza durante la década de 1990 a través de la Ley Federal de Educación, con la destrucción de la tradicional escuela primaria y secundaria (y en particular con la destrucción de la enseñanza técnica); curiosamente esa Ley (afortunadamente ya derogada y reemplazada por otra mucho mejor) es ahora bastante huérfana, nadie se hace responsable de su gestación. Esto, unido a un desprestigio cada vez mayor en la sociedad de la importancia de la educación, a una visión de acuerdo a la cual la educación era algo superfluo para el triunfo personal en la vida, a una pérdida de objetivos de la educación media y una actitud de los gremios docentes basada exclusivamente en exigencias de aumentos de salarios (por supuesto justas) pero nunca en asumir como responsabilidad propia el mejoramiento de la enseñanza, y a la eliminación de cualquier consigna que indique que estudiar es importante y que, independientemente de otros factores, hay que esforzarse por aprender, llevó al descalabro espantoso que estamos sufriendo (en muchos sectores de la sociedad, incluso -desgraciadamente- en sectores intelectualmente influyentes, se considera que inducir a esfuerzos en la educación es autoritarismo y debe ser combatido).

 

Obsérvese que en este momento la única señal institucional hacia la sociedad (y hacia los estudiantes) por parte de las autoridades educativas argentinas que indique que el esfuerzo es importante en la educación consiste en los exámenes o cursos de ingreso a algunos colegios secundarios dependientes de universidades nacionales (no todos). Con esto no quiero decir que esos exámenes o cursos sean adecuados o no, ni que deberían o no ser reemplazados por otro tipo de evaluación. Quiero decir solamente que son la única señal, el único mensaje que les dice a los niños “Esfuércense e ingresarán a un buen colegio”, o sea esforzarse vale la pena, puede incluso tener una recompensa. Y en cuanto a los objetivos de la enseñanza media que mencioné antes, en otras generaciones eran muy claros (y fueron muy eficientes, no solamente para educar sino para permitir la integración nacional y el espectacular ascenso social simbolizado en los hijos y nietos de inmigrantes semianalfabetos –o totalmente analfabetos– con título universitario), y respondían a la situación social entonces imperante: bachillerato con una formación de “cultura general” para quienes luego irían a la universidad, magisterio para los futuros maestros, escuelas de comercio para los futuros peritos mercantiles, educación técnica para obreros especializados y técnicos. Y existían posibilidades universitarias también para quienes no fueran bachilleres (y nadie dudaba de que el sistema educacional público argentino era en líneas generales superior al privado: muy pocas escuelas privadas competían con las públicas). Naturalmente este sistema es actualmente obsoleto, pero no fue reemplazado por otro más actualizado.

 

La situación se agrava con ciencias naturales y matemática debido a que se cree que requieren más esfuerzo o inteligencia que las ciencias sociales o las humanidades. Naturalmente no es así: todas las disciplinas requieren esfuerzo y no hay ningún motivo para suponer que los matemáticos son más inteligentes que los novelistas, pero se piensa que la posibilidad de “zafar” memorizando o copiándose es menor en ciencias naturales y matemática, y por eso existe un temor reverencial o una resignación al aplazo. Y como si eso fuera poco está la contribución ideológica de las corrientes posmodernas que reducen la ciencia a una “construcción social” y le causan un daño terrible, sobre todo en países como la Argentina, en el que el sistema científico no es todavía lo suficientemente sólido como para defenderse con facilidad de esos ataques oscurantistas envueltos en un manto pseudo-progresista.

 

El Ministerio de Educación de la Argentina tiene plena conciencia de esta situación gravísima, y por tal motivo convocó en 2007 a una Comisión Nacional por el Mejoramiento de la Enseñanza de las Ciencias Naturales y las Matemáticas, que trabajó durante varios meses y produjo un informe con recomendaciones que están siendo implementadas por el Ministerio (la labor de la comisión también incluyó el análisis de la educación primaria). En esencia, las recomendaciones son: fortalecer los institutos de formación docente, apoyar la formación profesional y la especialización de los docentes en ejercicio y de los formadores de formadores, revisar y actualizar permanentemente los contenidos y los métodos de enseñanza, enfatizar el método experimental, asegurar la calidad de los libros de texto en uso, promover actividades que integren el trabajo en las escuelas de nivel primario y secundario y el trabajo de los científicos, valorizar la enseñanza de las disciplinas científicas a través de acciones de difusión y la divulgación, promover iniciativas extracurriculares, disponer de recursos financieros en forma prioritaria, continua y sostenida en el tiempo, y revisar y actualizar la normativa vigente.

 

La solución es de todos modos difícil, porque implica, entre otras cosas, profundos cambios culturales de la sociedad que, como se sabe, son siempre lentos y no necesariamente pueden ser fácilmente inducidos. Y, en última instancia, ése es el principal problema: para que la sociedad entienda que las ciencias naturales y la matemática son realmente importantes, los sectores con responsabilidad en la formación de opinión deben también estar convencidos de ello, y abandonar el pensamiento "posmoderno" que en muchas ocasiones parece que adoptaran. No es tarea fácil.