EL DEBATE: El complicado camino de las políticas científicas

 

Por Emilio Muñoz. Profesor de Investigación ad honorem en el CSIC y coordinador de tareas en la Unidad de Investigación en Cultura Científica del CIEMAT.

 

La política científica tiene una tradición de una larga centuria en Europa e incluso sorprendentemente en España (Santiago Ramón y Cajal ya hace referencia al concepto en su obra Los Tónicos de la Voluntad). En el ámbito europeo, Reino Unido, Francia y Alemania inician políticas científicas en los primeros años del siglo XX. La moderna política científica se atribuye a los Estados Unidos, con la iniciativa del funcionario e ingeniero norteamericano Vannevar Bush tras la segunda guerra mundial y el reconocimiento al papel decisivo de la ciencia en la victoria aliada, iniciativa que se centra en el texto-programa elaborado por Bush titulado Science. The Endless Frontier (Ciencia. La frontera sin límites), promovido por Roosevelt y gestionado por Truman, su sucesor. Para analizar la complicada trayectoria de las políticas científicas, me gusta acudir, por motivos de simplicidad, al complemento circunstancial que acompaña a esas políticas. Por ello hablo de “políticas para la ciencia”, “políticas por la ciencia” e, incluso, de “políticas con la ciencia”.

 

Las “políticas para la ciencia” guardan estrecha asociación con el proceso de producción del conocimiento. En ellas juegan papel dos de los tres modelos socio-políticos históricamente aplicados al desarrollo de las políticas científicas: el espontáneo y el estratégico, mientras que el tercero, el planificador, no se considera lógico ni operativo en el caso de estas políticas (hay fracasos resonantes cuando se trató de aplicar en la Unión Soviética).

 

En el caso de las “políticas por la ciencia”, se trata de abordar el proceso de transferencia de conocimiento para el desarrollo tecnológico (se podría hablar de política científica y tecnológica). Tiene una vigencia que data, en sentido operativo, de hace 50-60 años y en ella operan también dos de los tres modelos citados: el estratégico y el planificador.

 

Tras las crisis energéticas y económicas, entre los políticos formados en la economía empezó a aflorar la opinión de que estas dos clases de políticas científicas no eran solución. En suma, cuestionaban la eficacia de las citadas políticas científicas sobre el crecimiento y desarrollo en los países avanzados. A partir de ese posicionamiento, se trata de asociar investigación y desarrollo tecnológico con la innovación (tecnológica esencialmente). Surgen así las políticas asociadas, orientadas al trinomio I+D+i, cuya aparición podríamos datar de hace 30-40 años y que persiguen la transformación y el desarrollo de conocimientos en procesos y productos que van a ser sometidos al juicio (control) del mercado. De esta nueva orientación y de la intervención de los científicos sociales en el diseño de estas políticas (y en su análisis) surgen nuevos modelos (con aspiración teórica): el lineal, el interactivo y el sistémico (noción de sistema). A estas políticas, me atrevería a llamarlas “políticas con la ciencia”, ya que en ellas hay que considerar la cooperación como foco.

 

Cada uno de estos tipos de políticas asociadas a la ciencia y la tecnología es dirigido, gestionado y orientado por diferentes actores y por sus culturas y pautas de conducta. Así, en la “política para la ciencia” interviene con relevante protagonismo la comunidad científica con su tradición y su psicología, que se refleja en intereses y valores particulares, de forma que los decisores y gestores políticos acomodan sus actuaciones a las culturas de esa comunidad y a su reflejo e influencia en las correspondientes instituciones. En suma, estas políticas operan de acuerdo con las lógicas de las instituciones científicas.

 

En el caso de las “políticas por la ciencia”, los actores protagonistas se enriquecen, se diversifican y complejizan. Intervienen la comunidad tecnológica (protagonismo de la ingeniería) y una parte selectiva y relevante de las empresas del sector industrial. Los decisores y gestores implicados en estas políticas tienen que incorporar, en los procesos de gobernanza, bases e instrumentos híbridos, ya que las psicologías son más ricas y complejas y se diversifican los intereses, los valores y las creencias.

 

En el caso de las “políticas con la ciencia”, debe jugar un papel protagonista la comunidad empresarial al colaborar y cooperar con la comunidad científica y con la comunidad tecnológica. El reto al que se enfrentan los decisores y gestores políticos es aún mayor, ya que deben comprender e interpretar niveles mayores de complejidad psico-social: los intereses, los valores y las creencias son extremadamente variados; en ocasiones pueden aparecer como contrapuestos, aunque el objetivo es buscar la complementariedad.

 

La política científica y tecnológica es un área de la política de indudable complejidad, que requiere amplios conocimientos. Sus análisis, propuestas y toma de decisiones reclaman aproximaciones poliédricas con incorporación, integración de dimensiones, dinámicas y éticas procedentes de diferentes campos del conocimiento: de las ciencias experimentales, de las tecnologías e ingenierías, y de las humanidades y ciencias sociales (historia, filosofía, sociología, economía y psicología). No se puede improvisar en este ámbito, no se debe caer en la tentación de redescubrir lo evidente a costa de la inexperiencia o reinventar la rueda en cada instante (léase gobierno, institución, agencia, gobernante, decisor, ejecutor, agente).

 

De la aplicación de este corolario surgen en esencia los problemas que he diagnosticado para la política científica, recurriendo a la aplicación de la teoría de la metáfora, como patologías degenerativas, en un artículo en la revista Arbor (nº 738, julio-agosto 2009, pp. 837-850), cuyo resumen reza así:


La aplicación de una analogía como ser vivo e inteligente a la política científica ha permitido identificar lo que he llamado “crisis” de esa política, como resultado de un proceso de envejecimiento -hace más de 60 años que se inició la política científica moderna- en el que han intervenido una serie de patologías que han sido diagnosticadas a través de una serie de revisiones críticas emprendidas por el autor dentro del marco de un programa sobre “filosofía de la política científica”. A través del recurso de metáforas médicas y clínicas, he podido construir una historia clínica en la que se describen las patologías y sus diagnósticos, asociadas simbólicamente a trastornos mentales y sensoriales. Entre ellos cabe mencionar procesos de amnesia, del que es un ejemplo la disociación entre lenguaje y acción motora (discurso y acción); la deficiente comprensión de conceptos en el trinomio básico I+D+i y de las relaciones entre ellos; frecuentes errores de percepción (visión y audición) respecto al sentido y uso de los indicadores habituales; el tránsito, dependiente de circunstancias ajenas al propio objeto de la política de ciencia y tecnología, desde la euforia a la depresión (trastorno bipolar) y las consiguientes pérdidas de sentido de la realidad.


De acuerdo con la aproximación metafórica aplicada, se proponen terapias para superar la “crisis” a las que se les aplica la analogía de las nuevas terapias regenerativas, orientadas a la corrección de procesos degenerativos. Entre ellas se incluye la incorporación (trasplante) en la marchita política científica de viejos conceptos como los de “gobernanza” y “espacios” que pueden actuar, de nuevo simbólicamente, como elementos troncales (pluripotentes) para que sirvan como regeneradores de una gestión política habitualmente apoyada en aproximaciones burocráticas y académicas esencialmente simples y tradicionales.