EL DEBATE: Los cromagnones ya hacían innovaciones tecnológicas

 

Por Javier López Facal

Profesor de investigación. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), España.

 

Si uno entiende por innovación el proceso de sacar a la luz una cosa totalmente nueva, o que simplemente mejora en algo a otra preexistente, habrá que concluir que esta afición de los humanos, aparentemente irreprimible, tiene una tradición milenaria. Y si, además, uno entiende por tecnología la aplicación práctica de un saber hacer en la forma de instrumentos, objetos o destrezas adquiridas, habrá que aceptar también que siempre ha habido tecnólogos.

 

Las pirámides de Egipto o de Michoacán, los templos griegos o las pagodas asiáticas, los drakkar vikingos o las carabelas castellanas, los arcos y flechas o los escudos, el queso, el vino o el aceite, e infinidad de productos más, que un buen día aparecieron en el “mercado”, no serían sino ejemplos de grandes innovaciones tecnológicas que hoy, con nuestro prurito de clasificar las cosas y de solemnizar obviedades, clasificaríamos respectivamente como tecnologías de la construcción, del transporte, de la industria de defensa o de la agroalimentación.

 

Muchísimos siglos después de la aparición y diligente actividad de estos ingenieros avant la lettre, aparecieron los sabios, que eran personas no siempre prácticas pero que sabían una serie de cosas estupefacientes: Tales de Mileto era capaz de predecir un eclipse de sol, lo que le granjeó una gran estima entre sus conciudadanos, pero al mismo tiempo se caía dentro de un pozo por andar “con-siderando”, es decir, andar ensimismado mirando las estrellas. A esta nueva especie de personas curiosas, se les llamó filósofos, u otros nombres variados, según las distintas culturas, pero a nadie se le ocurría entonces asociarlos con los proto-ingenieros innovadores, que solían pertenecer, más bien, a gremios artesanales, con frecuencia esclavos.

Siglos después de que naciera la raza de sabios y filósofos sobre la faz de la tierra, empezaron a surgir los científicos, un colectivo nuevo, movido por la curiosidad de Tales de Mileto, pero con algunos rasgos de quienes trabajan con sus manos, que decía el poeta: Galileo, por ejemplo, estaba preocupado por el geocentrismo y otras zarandajas por el estilo, pero era capaz de remangarse y hacer un canuto para ponerle lentes en los extremos, mejorando uno que había visto, hecho por un holandés un poco antes. El método científico que se fue construyendo paso a paso, tratando de unir el talento teórico de Aristóteles con el práctico de Leonardo da Vinci, acabaría produciendo el impresionante edificio de la ciencia moderna, quizá la mayor hazaña el homo sapiens en toda su historia.

Y tras unos pocos siglos de rodaje de la ciencia moderna, y a la vista de que sus hallazgos resultaban muy rentables en no pocas ocasiones, apareció una especie nueva, llamada I+D, a la que empresarios y políticos intentaron domesticar, con el fin de cultivarla de un modo más eficiente para sus intereses. Como toda especie híbrida, la I+D tiene sus fortalezas, pero también sus debilidades, y por ello hubo que introducirle pronto un transgén que aumentase su productividad y reforzase su resistencia a plagas y depredadores. Nació así la I+D+i, que pretende ser el punto omega de la evolución de la especie, porque dice conservar en su genoma genes de los cazadores paleolíticos, de los ceramistas y picapedreros neolíticos y de los herreros, carpinteros, labradores, filósofos, alquimistas, ingenieros o científicos que nos han precedido.

O sea, como decía tan inmodestamente la leyenda escrita en las columnas de Hércules, el non plus ultra: imposible ir más allá. Lo malo del asunto es que no somos pocos los que no nos acabamos de creer que un atolondrado polinomio, fruto de intereses corporativos, refleje realmente un irreprochable modelo axiológico, epistemológico y económico.